viernes, 6 de mayo de 2011

Virtudes y Valores

  

¿Sacrificio? ¡Pareces un monje!

 


Sacrificarnos, abnegándonos en cosas lícitas, es entrenarnos, ejercitarnos en esa capacidad de amar


Jesús David Muñoz, L.C.

 

 

En la cafetería de una universidad conversaban dos chicos a la hora de la comida. De repente se acerca un tercero y se sienta al lado de sus compañeros para pasar con ellos el rato. Los dos primeros pidieron un buen plato de pasta a la matriciana. El recién llegado, sin embargo, pidió sólo un bocadillo y un vaso de agua.


Ante la admiración de los comensales, que le cuestionaron cuál era el motivo para tan drástica dieta, respondió sencillamente:


-Estoy haciendo un sacrificio por un amigo.

-¿Sacrificio? ¡Pareces un monje! - fue la respuesta que recibió a su "ridícula" explicación.


¿Fue un error haber dicho esto o efectivamente eso de sacrificarse sólo lo hacen los monjes?

En nuestra época hemos crecido con la mentalidad de buscar lo más cómodo para vivir sin batallar, del "abre fácil", del "aprenda inglés sin esfuerzo"... Esto nos ha llevado a rehuir todo lo que cueste y de todo lo que signifique renuncia, ascesis, lucha, sacrificio y abnegación. Son palabras disonantes y desconocidas en muchos ámbitos, al menos por lo que se refiere a la experiencia de vida.


La enseñanza cristiana de caminar por la "vía estrecha porque es ancha y espaciosa la senda que conduce a la perdición" (cf. Lc 13,24) parece, por lo demás, anticuada y medieval para el común de los hombres de nuestro siglo. Cabe ahora preguntarse si, como bautizados, no hemos sabido explicar el verdadero sentido de la ascesis cristiana al hombre de hoy.


Partimos de un dato importante: Jesucristo no vino al mundo a eliminar el dolor; vino más bien a enseñarnos a afrontarlo para que sea para nosotros un medio de redención. Viviendo Él mismo una vida de sacrificio y renuncia, lo convirtió en el medio por excelencia de salvación.

Por lo mismo, en su intento por explicar a los hombres la "buena noticia", el cristianismo no debe caer en el peligro de suavizar sus palabras. Efectivamente, Jesucristo habló de renuncia y de "tomar la cruz" (cf. Mt 10,28), palabras que no dejan de ser fuertes y exigentes, pues "el Reino de los Cielos sufre violencia y sólo los esforzados lo arrebatan" (Mt 11,12).


Para entender esto, es preciso ir al primer libro de la biblia. El libro del Génesis nos comenta que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza (cf. Gen 1,26). En el otro extremo de la revelación leemos en la primera carta de san Juan: "Dios es amor" (1Jn 4,8). Por lo tanto, si Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, y Dios es amor, el hombre es un ser amable (capaz de ser amado) y amante (capaz de amar). La grandeza del hombre consiste en tener, entonces, la capacidad de amar.


Aquí se encuentra el origen de la explicación cristiana del sacrificio y de la renuncia: el amor. La Madre Teresa de Calcuta no se quedaba recogiendo bebés en los basureros de Calcuta porque fuera su hobby. Era un sacrificio que no tenía otra motivación que el amor.
Una de las características fundamentales del amor es la libertad. El amor, si es amor, tiene que ser libre, y todo acto libre tiene que provenir de la voluntad.


Desde estas sencillas nociones podemos darnos cuenta de que hacer actos voluntarios de sacrificio por el prójimo o incluso para conseguir una virtud, desarraigar un defecto, dominar las malas inclinaciones o formar la voluntad, tiene la única finalidad de enseñarnos a amar.


El entonces cardenal Ratzinger, fijándose en la traducción del griego al inglés de la palabra ascesis (training), decía que dominarse a sí mismo en el dolor y buscar el sacrificio es precisamente un "entrenamiento" (cf. J. Ratzinger, Un nuevo canto para el Señor, Sígueme, Salamanca 2005, p. 191).


Por lo tanto, sacrificarnos, abnegándonos en cosas lícitas, es entrenarnos, ejercitarnos en esa capacidad de amar. De esta manera estaremos preparados para cuando lleguen adversidades, momentos en los que la respuesta más difícil, pero la única justa, sea el amor.


El objetivo no es soportar o buscar como masoquistas el dolor, sino aprender a amar; porque, como decía Lorenzo Scúpoli en su libro El combate espiritual, "el que no se abniega en lo lícito, no se abnegará en lo ilícito". O mejor, parafraseando el evangelio: "quien es fiel en lo poco, será fiel en lo mucho" (cf. Mt 25,21-26).

 

 



lunes, 2 de mayo de 2011

Victoria Daniela, la niña que vivió...


Al ver a esa niña o a esa abuela con la bebé prestada en los brazos, me preguntaba: ¿quién se atreverá a afirmar que la vida es una carga, un castigo?


Por: Mario Arroyo

Fuente: Yo Influyo

 

Hoy tuve la alegría de tener entre mis brazos a una niña recién nacida. Cinco días tenía en el mundo, fuera de su madre esa preciosa criatura; sus padres adoptivos le pondrán "Victoria Daniela", es decir "ViDa". Han esperado con ansia el momento y por fin hoy por la tarde les fue entregada. Los primeros cinco días fuera del seno materno corrieron a cargo de una generosa familia con cinco hijos. Cuando miraba a la niña de diez años que cargaba y atendía a la bebé, a la abuela de la familia que se inventaba un pretexto para aparecerse y bañar a la niña, aprovechando al máximo los momentos que restaban a cargo de la criatura, multitud de pensamientos se agolpaban y confundían en mi mente: ¡qué bella es la familia!, ¡qué hermosa es la vida! -en ambos sentidos-... y ¡qué oscuridad la de aquellos que ciegamente se oponen a ella!, un auténtico eclipse, más aún, una noche de la razón, de humanidad.

Al ver a esa niña o a esa abuela con la bebé prestada en los brazos, me preguntaba: ¿quién se atreverá a afirmar que la vida es una carga, un castigo? Al imaginarme la ilusión de la pareja adoptante, que unen al gozo de contar con un hijo, que acaso la naturaleza les ha negado, el saber que han salvado de la muerte y han ofrecido una vida digna a tan bella criatura, pensaba: ¡vale la pena luchar por la vida!


Soy consciente de que no todos piensan así, vivimos en una sociedad pluralista, caben todas las posiciones, todas se deben respetar -quisiera que por lo menos los que no piensan como yo respetaran la mía-, pero al ver a Victoria Daniela no podía evitar cuestionarme: ¿es esto bueno o malo?, ¿es bueno que algunos sostengan que no debería haber vivido?, ¿que probablemente se hizo presión a la madre que originalmente deseaba abortar?, ¿que el valor absoluto es la libertad y, por lo tanto, lo que decida la madre debe respetarse y nadie debería objetar nada?


O que se trataba de una compra que hacen familias ricas de niños pobres; mejor sería impedirle vivir a los pobres, es decir, negarles la posibilidad de vivir como ricos, y otras tantas falacias propias del resentimiento social. Al sentir su calor en mis brazos, al ver sus ojitos abrirse y cerrarse, su boquita bostezar, y la ilusión con la que era cuidada por la familia intermediaria, no podía dejar de pensar que todo eso eran discusiones bizantinas, juegos del lenguaje, agudezas, pero no la simple, llana, y sencilla realidad.


Alguien -seguramente pesimista- podría objetar que mi cuadro responde a la historia con final feliz, pero que no todas las historias son así; también hay historias de terror. Alguien podría presentar otro escenario: mujeres metiéndose ganchos en condiciones antihigiénicas y desangrándose inútilmente, muriendo en el acto mismo de asesinar a sus hijos, ¿puede imaginarse algo más dantesco?


Mujeres violentadas, condenadas a vivir con oprobio, obligadas a cargar físicamente durante nueve meses, con recuerdos traumáticos que quisieran olvidar; familias que ven mellado su buen nombre, etc. En ese caso el inhumano, machista, opresor de la mujer, sería yo. Pero, ¿no es Victoria Daniela una mujer?, ¿no podrá llegar tal vez, el día de mañana, a ser una gran mujer?


Noche de la razón que equivale a pobreza de ingenio, a ceguera ideológica que hace violencia a la realidad. Es verdad, caben las dos posibilidades, pero, ¿no tenemos, sea por dádiva divina o como producto de la evolución, la luz de la razón? ¿No podemos intentar ofrecer mejores soluciones?, las más humanas, las más acordes con la dignidad de la persona.

¿Por qué ofrecer la tentación -facilitarla- de acabar con todo y por la vía más rápida, más cómoda, más irreflexiva? ¿Es el aborto una manera humana de solucionar los problemas? ¿No se merece esa incipiente vida, que quiéranlo o no llevan adentro, otra posibilidad, buscar otra solución? Y, sobre todo, ¿quiénes somos nosotros para decidir quién debe vivir y quién no?, ¿se debe respetar al hombre sólo si está en los planes de sus padres?


La realidad humana es compleja, nadie lo niega; lo que me cuestiono es la racionalidad de cortar por lo sano y cauterizar la conciencia diciendo que es algo "legal", lo que a la postre confunde y deforma al colectivo social.


La falacia de que "nadie las obliga a hacerlo" pone la decisión de quién debe vivir y quién no en personas que, o han demostrado su inmadurez, o están sufriendo un fuerte shock emocional y, en muchas ocasiones, son menores de edad. ¿Cabe mayor absurdo?


La solución de la "historia feliz" es creativa al tiempo que laboriosa, muestra un profundo compromiso social y una solidaridad que no se queda en teoría, sino que se encarna en Victoria Daniela.


Además, como el problema es más profundo, no se limitan a ayudar a parir: se da educación a las madres, se les ofrece albergue donde pueden, si lo desean, permanecer sin que nadie las vea embarazadas; se les da atención psicológica, etc. Es decir, se utiliza la razón.

 



 


Belleza de alma

 

 

Querien Vangal

 

"Si de verdad quieres amar a Jesús, en primer lugar aprende a sufrir, porque el sufrimiento te enseña a amar". Santa Gema

 

Esta fotografía es de Santa Gema Galgani (1878-1903), una mística famosa que vivió en la encantadora ciudad de Lucca, Italia.

 

Santa Gema Galgani

 

Su rostro es impresionante por varias razones. En primer lugar, tomamos nota de su reflexión profunda y la armonía de sus rasgos. En segundo lugar, su santa mirada tiene algo de elevado y sublime al mismo tiempo. Sus pensamientos no son de esta tierra: su rostro

muestra un aura sobrenatural.

 

Su dignidad y su pureza angelical son sorprendentes. Esto se ve por la forma en que su cabeza descansa sobre sus hombros: recta y sin pretensiones.

 

Ella no lleva adornos en absoluto. Su pelo es simplemente peinado y arreglado. Su cara es muy limpia y no revela en nada un deseo de embellecimiento.

 

Su vestido es de color negro y simple. Sin embargo, Santa Gemma combina una dignidad extraordinaria, con una pureza virginal, que está impalpablemente reflejada en el esplendor luminoso de su piel. Se podría decir que su piel es tan luminosa como su mirada. Por otra parte, su mirada refleja una rectitud total. Es el de una mística inmersa en lo que ella ve.

 

La virtud de la fortaleza también brilla en su rostro. Cuando la Fe le ordena hacer algo, su voluntad es inquebrantable.

 

¿Qué desea? Ella quiere servir a Dios, a la Virgen y a la Iglesia Católica. Ella sigue adelante en este camino sin importar los obstáculos. Ella representa la mujer fuerte, de valores incomparables, a que se refieren las Sagradas Escrituras. Como una piedra rara, uno camina fácilmente hasta los confines de la tierra para encontrarla.

 



 


sábado, 30 de abril de 2011

Hecha en México, "exportada" al cielo

  

Por Carlos J. Díaz Rodríguez

Febrero de 2011

 

 

Hoy que tanto se habla acerca de la emergencia educativa, como parte de la postmodernidad, planteando nuevos desafíos, en el campo de la educación y de la familia, viene a mi mente, la historia de una mujer que se tomó en serio su papel como formadora de un gran número de generaciones en la ciencia y en la fe. Se trata de una mexicana, nacida el 5 de julio de 1894, en la Ciudad de México, llamada Ana María Gómez Campos.

 

Desde pequeña, Gómez Campos, entre el juego y las cosas sencillas, mostró una gran capacidad humana e intelectual. Antes ir al colegio, ya sabía leer y escribir, pues poseía una inteligencia muy viva. A los 15 años, en medio de su interés por estudiar medicina, se sintió llamada la vida religiosa, sin embargo, por azares del destino, tuvo que esperar unos años más. En 1910 ingresó a la Escuela Normal, graduándose como maestra de educación primaria en 1917. Le seguiría un gran número de títulos y posgrados, llegando a formar parte del primer círculo de psicología experimental de México.

 

Después de tomar como director espiritual al P. Félix de Jesús Rougier, redescubrió su vocación a la vida consagrada, como fundadora de una nueva congregación en la Iglesia. Al pensar y pesar las cosas delante de Dios, junto con el P. Félix de Jesús, llevó a cabo la fundación de las Hijas del Espíritu Santo, el 12 de enero de 1924, en la ciudad de San Luis Potosí. La M. Ana María Gómez Campos, a pesar de la persecución religiosa, llegó a fundar varios colegios en distintos puntos del país. Se dio cuenta que sólo ofreciendo una educación católica de calidad, podía influir en una sociedad deshumanizada, lo cual, a su vez, marcó el rumbo de su vocación.

 

Sabía mantener el equilibrio entre el aspecto pastoral y el académico, construyendo una educación integral. Una vez que los primeros colegios de la congregación se estabilizaron, impulsó el desarrollo de centros educativos para adultos y niños de escasos recursos. A lo largo de su vida, comprendió que los colegios y los padres de familia, lejos de caminar en paralelo, tienen que ayudarse e impulsarse mutuamente.

 

La M. Ana María Gómez Campos, quien actualmente se encuentra en proceso de canonización, desarrolló muchos apostolados, sin embargo, uno de los más importantes, partió de su opción por la educación. Murió el 24 de marzo de 1985, después de haberse entregado a favor de la niñez y de la juventud mexicana.

 



Enojados con Dios

 

Querien Vangal


El enojo no es sino la manifestación de que lo que está sucediendo nos duele y la mayoría de las veces lo que nos duele tiene mucha razón para que así sea.


¿Quién no se ha sentido enojado con Dios cuando algo no le ha salido bien, cuando su vida se llena de contradicciones, cuando levanta la mirada para decir ¿por qué a mí? ¿Quién no ha sentido hervir su interior cuando tiene ante los ojos la tragedia de los inocentes, o cuando la perversidad humana se desborda? Los seres humanos no siempre tenemos respuestas, o las respuestas que tenemos son muy insuficientes. En todas estas situaciones sentimos un enojo interior que orientamos no solo a las circunstancias, sino también a Dios. Curiosamente esto es algo positivo pues quiere decir que creemos en un Dios bueno, del que no entendemos cómo en su providencia se puede permitir algo malo. Para poder entender a Dios tendríamos que ser Dios, cosa que obviamente no sucede. Sin embargo, hay caminos que podemos intentar recorrer no para solucionar los problemas, sino para buscar el modo de dar un cauce a ese sentimiento de enojo con Dios.


Lo primero es que no nos tiene que extrañar que nos enojemos con Dios. Seríamos de piedra o de hielo si no fuera así. El enojo no es sino la manifestación de que lo que está sucediendo nos duele y la mayoría de las veces lo que nos duele tiene mucha razón para que así sea. Eso no tiene que inquietar nuestra conciencia. Lo que tenemos que saber es qué hacer con ese sentimiento, cómo lo tenemos que canalizar. Por ejemplo, nos tendríamos que preguntar si nosotros podemos hacer algo ante el mal que estamos contemplando y no solo quejarnos o cruzarnos de brazos. Otras veces tendremos que darnos cuenta de que los males son fruto de la libertad humana y no tanto de lo que Dios decide. Esos males Dios sabrá como reconducirlos hacia el bien y nosotros tendremos que hacernos responsables del uso de nuestra libertad. También habrá ocasiones en las que ni podemos hacer nada, ni lo que sucede es fruto de la libertad. ¿Qué pasa cuando se trata de una enfermedad que se lleva a un muchacho joven o a una madre que tiene a su cargo varios hijos? Ahí sí que el misterio es grande. Y aunque tenemos que ser conscientes de que el ser humano es frágil y que nuestra vida es limitada, estas situaciones no dejan de dolernos.


Hay una palabra que a mí no me gusta mucho que es la palabra resignación. Y sin embargo es una palabra con un hondo significado, pues proveniente del latín, significa abrir un sello, y aceptar una contrariedad. Y me gustaron los dos significados. Lo de aceptar la contrariedad, porque es poner mi libertad ante la contrariedad y decidir qué voy a hacer, si permitir que la contrariedad sea más fuerte o que mis convicciones lo sean. Y en segundo lugar, porque atravesar el misterio del dolor es como romper un sello, el sello de lo desconocido, el sello de lo que nunca llegamos a saber bien. Pero ese sello no lo rompemos solos. No lo rompemos con un Dios soluciona problemas, sino con un Dios compañero de problemas. El no nos suelta, nos abraza, y entiende que estemos enojados, y nos quiere más por el hecho de sabernos enojados. Tener a Dios como compañero es tener al lado a quien, en nuestro enojo, nos hace fuertes, porque con él podemos vencer la sin razón del dolor, con la razón del amor.

 

 



martes, 26 de abril de 2011

El vaso lleno



Dios nos llena, pero para renovar esta experiencia hay que darlo a los demás.


Autor: David Delgadillo

Fuente: Virtudes y Valores

 

 

 

Sólo se puede llenar un vaso si está boca arriba. Se vacía cuando se bebe de él o cuando se ha derramado. Lo mismo ocurre con la vida del hombre: sólo se llena si "mira hacia arriba", si vive con fe.


Es absurdo querer llenar un vaso que no está boca arriba; si lo intento se vaciará de nuevo. Esto sucede cuando buscamos los bienes de este mundo: las riquezas, los placeres, el ser tenido en cuenta por los demás; todo esto pasa. La fama de un futbolista estrella dura mientras todavía es joven o hasta la llegada de otro mejor; o cuando aumenta su precio como jugador, y su talento deja de brillar, entonces los aficionados se olvidan de él. El placer de unas buenas vacaciones siempre termina, como el dinero que se gasta en ellas; luego de un fin de semana hay que volver a la escuela o al trabajo. La popularidad de algunos depende muchas veces de las modas, de la ropa de tal marca, del coche que conduce, del celular... Lo que entra en el hombre que no mira a Dios lo deja vacío, porque los bienes pasajeros no nos aman como lo hace Dios. Es el hombre que se ama a sí mismo, el vaso que se refleja en su contenido derramado.


Es muy grato poder ayudar a otras personas; gustar la satisfacción de ver sonreír a un ser querido, a un amigo, a quien tiene necesidad de nuestro apoyo. Vivir la caridad y el servicio es dar de beber a los que tienen sed, compartiendo aquello que hemos recibido de Dios. Dios nos llena, pero para renovar esta experiencia hay que darlo a los demás. Entonces éste vaciarse se vuelve un momento de gratitud y esperanza en Aquel que se da constantemente, y nos llena una y otra vez.


Mirar hacia arriba es ser conscientes de la presencia de alguien superior. Vivir con fe nos permite encontrarnos con la mirada de Dios que nos ama. Sabernos hijos de Dios nos vuelve sencillos y nos permite descubrir sus dones incluso detrás de los momentos difíciles. Encontramos nuestra plenitud, el vaso queda lleno, porque con la fe nuestra vida adquiere sentido; en palabras de santa Teresa: «Sólo Dios basta».

 

 

 



sábado, 23 de abril de 2011

La felicidad de situación

 

Por: Querien Vangal

Abril / 2011-04-16

 

 

 

Creo que hay mucha gente, pero mucha, que tiene la siguiente filosofía de la existencia: "Sólo es agradable la diversión. Sólo es realmente agradable divertirse". De manera que, en la vida, la única forma posible de alegría radica en la diversión y, por lo tanto, cuanto más se divierta alguien más feliz será. La fuente de la felicidad está, pues, en la diversión.

 

Pero, ¿qué es lo que este tipo de gente entiende por diversión? Ver la televisión, viajar, ir al cine y al teatro; o peor, irse a lugares corruptos e inmorales. Con la tendencia de entregarse a estas cosas de manera desordenada. En esto consistiría propiamente la diversión.

 

No obstante, habrá quien afirme que la infelicidad debe aceptarse por amor al Cielo, por amor de Dios, por temor al Infierno. Pero pensando que, en fin, la vida sosegada, regular, seria y sin diversiones no es una vida feliz, porque la felicidad radicaría en lo festivo.

 

¿Es posible la felicidad en este valle de lágrimas?

Santo Tomás de Aquino afirma algo enteramente verdadero: el hombre, para poder existir, necesita tener algo, por menor que sea, que le proporcione algún placer. Un hombre sin una pizca de felicidad, desaparecería.

 

La Providencia Divina, que es materna y bondadosa, permite dos cosas: por un lado, que la gran mayoría de los hombres posea, al menos, una parcela de felicidad, aunque no una felicidad total, que no existe de hecho en esta vida. Pero, por otro lado, también hace que aquellos a quien Ella más ama pasen por períodos en los que desaparece la felicidad completamente. Son los grandes períodos de la vida de un hombre, cuando "cae la noche" sobre él y de manera absoluta desaparece la felicidad, incluso el consuelo espiritual. Entra, así, en el túnel oscuro, plúmbeamente pesado, de una gran infelicidad. Es necesario ver esas partes trágicas de la existencia como algo permitido por una especial disposición de la Providencia, generalmente de poca duración.

 

Por lo tanto, el hombre necesita tener un fragmento de felicidad. Es necesario preguntarse entonces si dicha parcela de felicidad se identifica con el placer. ¿Cuál es el papel del placer en la posesión de esta porción de felicidad?

 

Analizando diversas situaciones

 

En diversas fases de la historia de algunos pueblos, en ciertas culturas, el placer es excepcional, la diversión es poco frecuente. Son algunas fiestas al año, de diferente naturaleza; y, fuera de esto, la persona no se divierte. ¿Puede uno ser feliz así? Yo respondo: sí, puede, siempre que comprenda bien su situación y sepa encontrar en ella la felicidad que ésta le proporciona.

 

Consideremos, por ejemplo, la vida de un terrateniente de antaño. Vivía, en general, en una casa de campo, que era confortable, por lo menos según sus necesidades y conveniencias. Se encontraba, a veces, separado algunas leguas de la ciudad más próxima, con una carretera no siempre fácil de transitar. Este hombre tenía una tendencia a aislarse en su propiedad, viviendo allí en la placidez de la misma.

 

¿Cuáles eran sus diversiones? Habitualmente, dos o tres festejos al año, como la festividad de la Patrona de la ciudad cercana, la boda de algún pariente o un bautizo, mezclándose la celebración religiosa con la fiesta social. ¿Cuál era, entonces, la alegría que este hombre encontraba en la vida rural? Debería existir, pues, de lo contrario, él moriría. La encontraba en el ejercicio de su actividad agrícola, plantando, dirigiendo la cosecha, supervisando los trabajos… por así decir, reinando en sus tierras. Al mismo tiempo, tenía a su lado a su familia, que era otro pequeño reino. Y en el correcto desempeño de su tarea agraria y familiar, gozaba de la honorificencia y del respeto de sus semejantes. Su felicidad consistía, así, en comprender y degustar esta situación.

 

Un ejemplo similar lo encontramos en los profesores y catedráticos europeos de comienzos del siglo (XX). En general, son hombres de la burguesía, a veces incluso de nivel obrero, que viven del cultivo intelectual de una materia que les gusta y por la cual se interesan. Viven de la enseñanza, que les parece interesante. Desde su cátedra, sabe que tiene una proyección, que es dueño de un prestigio que lo cerca de la aureola y del respeto que merece su situación.

 

Esto vale, asimismo, para el pequeño comerciante. Una figura característica del pequeño comerciante profundamente tranquilo, sereno y equilibrado, es el padre de Santa Teresita del Niño Jesús. Era joyero en la ciudad de Alençon, donde hizo su pequeña fortuna, puede imaginarse con qué honestidad.

 

  1. ¿Es posible la felicidad en este valle de lágrimas?
  2. Analizando diversas situaciones
  3. La templanza, llave de la felicidad
  4. Lo febril: opuesto a la templanza y a la felicidad
  5. El Angelus de Millet

 

A cierta altura de su vida clausuró su comercio, retirándose a vivir a Lisieux, donde construyó su casa –Les Buissonets–, todo un poema de la pequeña gracia menuda pequeño-burguesa. Y allí vivió en la tranquilidad, paz, estabilidad y equilibro de alma que poseía.

 

La templanza, llave de la felicidad

 

Esta degustación de las situaciones, este placer morigerado, constituye propiamente la felicidad. ¿Qué relación hay entre esto y el placer? El placer no es lo opuesto de la felicidad. El placer es como un condimento, como una sal que le da a la felicidad cierto sabor. Porque una vida como la que hemos mencionado, a la larga, puede volverse un tanto anodina. Hace parte de la mutabilidad del espíritu humano que desee, de vez en cuando, cierta variedad. Es concebible que quiera un placer honesto. De manera que el placer no es lo contrarío de la felicidad.

 

La llave de la cuestión está en la templanza. Si el individuo es temperante es capaz de degustar la situación legítima en la que se halla, encontrando ahí la felicidad. Si es intemperante, o si se deja llevar por la intemperancia, pasa a correr tras los placeres; corriendo tras los placeres, corre tras las sensaciones, y corriendo tras las sensaciones, vuelve al punto cero. Son espíritus que transforman en fuente de gozo intemperante incluso cosas que, de suyo, no lo son. Por ejemplo, encontrará placer en el trabajo agitadísimo, que produce como que una embriaguez de realización.

 

Lo febril: opuesto a la templanza y a la felicidad

 

La actividad febril es la manía de tener continuamente sensaciones fuertes, de no vivir en la placidez de una vida ordenada y común, sino de estar inmerso en las sensaciones fuertes. Es una carrera tras la sensación a propósito de todo y de nada. De ahí nace, en gran parte, el desequilibrio de la sociedad moderna. De ahí los mil desatinos de esta civilización nuestra que puede ser llamada de civilización de lo "sensacional", en oposición a la civilización de antaño, que era la civilización de lo racional, de lo razonable, de lo comedido, del equilibrio.

 

El Angelus de Millet

 

Lo que Millet quiso expresar en aquel cuadro, de una manera romántica, es la felicidad sin placer. Es la tranquilidad inmensa del campo, del trabajo que terminó, de la campana de la iglesia cercana que tintinea chamando al rezo del Angelus ; de la pareja que está rezando en la castidad de la vida campesina, con zuecos, en traje de labor y con los instrumentos de trabajo; y que, en la tranquilidad del campo, va a regresar a casa para cenar.

 

Va a descansar, va a sentir el aroma de la comida que comienza a extenderse por la casa, el humo que sube por la chimenea, el ruido de algún animal, un niño que realiza sus últimas piruetas antes de irse a dormir. Llega la noche y llega aquella seguridad dentro de la casa, mientras la inseguridad nocturna domina a su alrededor. Es la alegría, la felicidad de las situaciones.

 

¿No es verdad que todos ganaríamos mucho inhalando esta felicidad, y que es un verdadero infeliz el individuo intoxicado por la idea que la felicidad se encuentra en la agitación? A mí me parece que sí.